¿Elección incondicional en Romanos 9?

Romanos capítulo 9 ha sido un ojo de huracán entre calvinistas y arminianos por mucho tiempo. Estos dos sistemas soteriológicos son diametralmente opuestos entre sí, aunque comparten ciertas e interesantes semejanzas. No pienso meterme a defender una u otra postura (más allá de que en este artículo rechace la doctrina calvinista de la elección incondicional), pues ambas contienen elementos que han sido condenados por los concilios de la Iglesia Católica. Así que me mantendré al margen de la discusión entre estos dos bandos. En cambio, proporcionaré una lectura que todo católico puede sostener sin problemas. Una interpretación que no va contra lo revelado a través de los concilios ecuménicos; encíclicas papales y la Sagrada Tradición de la Iglesia.

Sin más preámbulos entremos en materia.

En los versículos 1 al 5 encontramos una extraña combinación de celebraciones y lamentos. Por una parte, San Pablo se siente agobiado por la situación de sus hermanos de raza (Israel), y habla con admiración de los siete dones divinos concedidos al pueblo rebelde de Dios (vv. 2 y 4). Las bendiciones que enumera Pablo, desde la adopción de Israel hasta los patriarcas, son las que hacen de Israel el pueblo distinguido de Dios. Sin embargo, hay un octavo regalo: el Mesías. Pablo dice que de los patriarcas procede Cristo, como descendiente (v. 5), pero lamentablemente la raza de Pablo lo ha rechazado, lo que ha ocasionado duelo en su corazón (Rom. 11:20-23).

Después de un breve prefacio, en el versículo 6 Pablo retoma su tesis inicial y se sumerge en la exposición. Desde el versículo 6 al versículo 29, la intención de San Pablo es mostrar que la respuesta dividida de Israel al Mesías no es una extrañeza, pues a lo largo de la historia de Israel, la respuesta dividida del pueblo de Dios a sus regalos fue algo normal y consistente con el presente. Es un patrón de historia bíblica.

Pablo continúa, diciendo que este hecho en la historia de la salvación no implica que la Palabra de Dios haya fallado, «pues no todos los descendientes de Israel son Israel» (v. 6). Esta cláusula se refiere a que, dentro del círculo más amplio de la etnia israelí, se encuentra un remanente que ha sido elegido como portador y beneficiario de las promesas de Dios. Pablo aquí se refiere a una elección dentro de una elección, pues, aunque Israel fue escogido por Dios para ser apartado de las demás naciones, no todos los habitantes disfrutarían las mismas bendiciones por parte de Dios. En el presente este patrón, según San Pablo, continúa: «Pues bien, del mismo modo, también en el tiempo presente subsiste un resto elegido por gracia» (11:5).

Después de estas afirmaciones, Pablo pasa a la demostración. Partiendo de la figura del padre Abraham, con quien comienza la historia de Israel, dice que no todos los que descienden de Abraham, según la carne, son hijos de Dios, sino los herederos de la promesa (v. 7-8). Esta promesa se refiere a la que Dios hizo a Abraham y Sara en Génesis 18:10, que Pablo cita en el versículo 9: «por este tiempo volveré; y Sara tendrá un hijo

San Pablo continúa ahora con la segunda generación: la de Jacob y Esaú. Aquí es donde se encuentra el meollo del asunto sobre el debate de la elección condicional o incondicional. Pablo nos muestra como el Señor eligió a Jacob sobre su hermano mayor Esaú, así como eligió a Isaac sobre su hermano mayor Ismael. Esta forma de actuar en Dios era para mostrar que su plan divino no estaba condicionado por la autoridad y costumbre humana; pues los primogénitos, en el orden humano, eran los que recibían las bendiciones y quienes la pasaban a la siguiente generación. En el plan de Dios no era así, y el Señor imponía su autoridad por sobre la del hombre escogiendo no al primogénito, sino a los posteriores, como herederos de la promesa. También el Señor enseña que la elección no está condicionada por el mérito o demérito de las personas. Esto queda claro cuando San Pablo cita (v. 12) Génesis 25:23 en referencia a Rebeca, cuando el Señor le dice: «el mayor servirá al menor». Lo crucial en esta promesa es que Jacob y Esaú todavía eran nonatos: se encontraban en el útero de Rebeca, por lo que Dios no pudo basarse en sus méritos para decidir quién heredaría la promesa. Esto fue hecho «para que se mantuviese la libertad de la elección divina» (v. 11). Ahora, recordemos que según el contexto que llevamos desarrollado, el protagonista no son los individuos del Génesis (Jacob y Esaú) sino la nación entera que desciende de Jacob. Cuando Pablo menciona a Esaú parece tener en mente no a la persona del mismo, sino a la nación que nace de él: Edom. Esto se hace claro porque la cláusula del versículo 13: «Amé a Jacob y odié a Esaú», es una cita de Malaquías 1:2-3, donde se habla de las naciones de Jacob y Esaú. A esto se le conoce como elección corporativa.

En ese mismo contexto, el motivo del amor y el odio de Dios hacia uno y el otro, no es en el marco salvífico o condenatorio. Eso puede afirmarse con confianza porque en algunos pasajes del Antiguo Testamento, Dios se muestra genuinamente interesado en los edomitas (Deuteronomio 23:8; Amós 2:1-3). Cuando Pablo usa el lenguaje de amar/odiar lo hace en el contexto histórico-electivo y no en uno soteriológico-electivo, por lo que los reclamos, mayoritariamente calvinistas, de elección incondicional en un marco soteriológico, pierden su peso al escaparse de las fronteras del contexto inmediato del capítulo 9 a los Romanos.

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